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sábado, 1 de octubre de 2011

¡Feliz día del periodismo peruano!

Imagen: Wikimedia

Según publica la web de la Federación de Periodistas del Perú, hoy se celebra el día del periodismo debido a que el 1 de octubre de 1950, Antenor Escudero tuvo la idea de proponérselo por escrito al dictador de ese momento, Manuel Odría.

Según la Federación, la iniciativa de Escudero fue apoyada por todos los asistentes al Primer Congreso Nacional de Periodistas, y se convirtió en ley tres años después, cuando Odría firmó el Decreto Supremo 2521, creando "El día del periodista peruano".

Imagen: Blog de Roy Palomino (sebuscanperuanos.pe)

El primero de octubre se eligió no por ser la fecha del Primer Congreso Nacional organizado por la FPP, sino porque ese día, allá por 1790, Bausate y Mesa había fundado "El Diario de Lima", según la FPP: "el primer diario de Lima y de América".

Aunque nadie pone en duda que el periodismo en el Perú comenzó temprano, los títulos de "primer diario de Lima" y "primer diario de América" todavía están en disputa. Y no es raro, ya que tratándose en ese momento (siglo 18) de una actividad nueva y en proceso de definirse, hay muchos vacíos históricos y varios criterios con los cuales definir qué era "un periódico", un "diario" o una "publicación".

En ese sentido no son pocos los que consideran que ese título lo merece "El Mercurio Peruano", publicado a partir de 1791 por la llamada "Sociedad de Amantes del País" a la que pertenecían algunos precursores de las ideas independentistas como Hipólito Unanue y José Baquíjano y Carrillo (aunque otros prefieren darle el título de primer periódico a "La gaceta de Lima", de 1743).

Imagen: Blog de Roy Palomino (sebuscanperuanos.pe)

Pero a nivel continental México con "La hoja de México" (1541) y Estados Unidos con "Publick Occurrences" (Boston, 1690) también reclaman los títulos de primeros periódicos de América, a pesar de que sus vidas fueron breves.

Quizás la fecha más importante, en cuanto "origen del periodismo" no tenga que ver con los periodistas y sus periódicos sino con los imprenteros, ya que el oficio nace aproximadamente en 1438 gracias al ingenio de un herrero alemán llamado Johannes Gutenberg, creador de la prensa de tipos móviles, invento que revolucionó a la humanidad, tanto o más que la Internet de los últimos años.

Perudismo

Imagen: Blog de Roy Palomino (sebuscanperuanos.pe)

En su larga historia, el periodismo peruano ha dado muestras de grandeza y miseria, de periodistas valientes e insobornables y también de otros que se vendieron a mafias y corruptelas. Pero la noticia más interesante no parece venir de ahí, sino de la informática que ha hecho posible un sueño que ni el propio Gutenberg previó: la posibilidad -gracias a la Internet- de que cada persona tenga su propio medio de comunicación de alcance mundial.

Es obvio que un mundo con siete mil millones de publicaciones "online" no es viable ni deseable, como tampoco lo es una sociedad bajo el monopolio informativo de unos pocos, sean esos "pocos" del gobierno, del estado o del sector privado.

Si bien es cierto que la Internet está poblada por "periodistas" o "blogers" sin oficio o poco rigurosos, también es verdad que le ha dado la posibilidad de informar a gente muy valiosa, que de otro modo no hubiera llegado al periodismo.

El resultado no está a la vista. En la época de Gutenberg, muchos salieron al frente a acusar a la prensa de tipos móviles de ser un invento del diablo, de destruir las bases de la sociedad, de promover el caos y la difusión de ideas "peligrosas". El tiempo no les dio la razón.

¿El tiempo también desautorizará a los que ven en la Internet y el nuevo periodismo "online" una amenaza al orden social más que una herramienta de desarrollo y democratización? Yo creo que sí, que los nuevos Gutenbergs que escribimos con electrones y códigos binarios seremos reivindicados por la historia, una apuesta que hoy es un buen día para renovar. Por eso, para todos los colegas y cuando sólo faltan unos minutos para el "cierre" del día... ¡Feliz día del periodista peruano!

Pablo Vásquez para Sophimanía

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domingo, 26 de diciembre de 2010

Ciclovía: Desequilibrios teórico imprácticos


Imagen: Modelminiatures.co.uk

Marshall McLuhan dijo "el medio es el mensaje" y alborotó el mundo académico de las ciencias sociales. No tanto creo por el contenido de la oración, a la larga abstrusa y discutible, sino por la bella limpieza de su enunciado.

En las ciencias exactas sólo Einstein había tenido la misma suerte al proponer que la energía era igual a la masa por la velocidad de la luz al cuadrado. Lo que sea que eso quiera decir. Yo sugiero, guardando las distancias, "la bicicleta es el destino".

Me explico. Al comienzo, pedalear es la condición fastidiosa para llegar a un punto. Luego el punto es el pretexto (a veces fastidioso) para pedalear un rato. La bicicleta se vuelve un fin en sí misma.

A partir de ahí siempre nos ofrecerá un territorio nuevo que explorar, aún sobre el trillado asfalto cotidiano. Un barrio personal de sorpresas y sensaciones. Uno de mis hallazgos más queridos en ese lugar, lo comparto, son ciertos equilibrios sabrosos cuya existencia me desconcierta.

Al comienzo de los tiempos de ciclista creía que el equilibrio era una religión monoteísta. Pero es poli. En las curvas de las calles habitan equilibrios desconocidos y fascinantes (así como los desequilibrios que habitan las curvas femeninas).

Son las esquinas que te obligan a inclinar la bicicleta para no perder velocidad. Llegar a un ángulo que tu instinto describe como "estamos a punto de sacarnos la mugre". Pero ahí donde la razón recomienda, la magia de la física enmienda. A despecho de Newton, la bicicleta no se cae y es capaz de volver a sustentarse con un suave movimiento de timón.

Lo inusual de este equilibrio es que se pierde la sensación de suelo, como si las ruedas sólo tocaran el aire. Uno se pone en órbita de la esquina. Dura un par de segundos, maldita sea, pero es adictivo (me remito a la experiencia de otros placeres efímeros).

"Dar" y "tomar" una curva deja de ser una opción semántica para convertirse, casi, en una opción de vida. Los ciclistas demoramos miles de kilómetros en aprender a valorar la diferencia. Pero vale la pena.

Hoy, casi cualquier pretexto es bueno para buscar esos equilibrios, aunque no siempre se logran. Exigen una dosis de riesgo y una esquina adecuada. Hay curvas perfectas, por supuesto, y el ciclista adicto las tiene bien ubicadas en su corazón. Y en su ruta.

La calle se convierte en la condición de la curva. Hay manzanas maravillosas (me las reservo para mi consumo personal) que tienen cuatro esquinas perfectas. Al descubrirlas se tiene la sensación que sufre la hormiga al caer en el azucarero. Uno puede quedar atrapado en ellas hasta el anochecer, dando vueltas una y otra vez, consumiendo curvas como loco.

En el desvarío de la sobredosis, Einstein se reconcilia con Newton y enuncian "la bicicleta es igual a la masa encefálica del ciclista, por la velocidad que lleva al dar la vuelta al cuadrado que forma la manzana de Newton".

En esos momentos se comprende claramente la teoría de la relatividad.

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Pablo Vásquez para Sophimanía

sábado, 4 de diciembre de 2010

Ciclovía: Encrucijadas paranóicas


Imagen: Internet. Edición: Sophimanía

Soy ateo y escéptico, así que a duras penas creo en la existencia de mi bicicleta, de mí mismo y un poco más allá. Sé que mi destino no lo escribe nadie, excepto yo, que ando pedealeando por la vida bajo cambiantes circunstancias. Algunas agradables, no lo niego, pero sujetas al azar.

Estoy convencido de que "el mundo espiritual" -desde la resurrección de Jesucristo hasta la neo revelación de los OVNIs- es tan solo un producto residual de la forma en que trabaja nuestro cerebro: buscando patrones y adjudicando sentidos a cualquier cosa que se interponga en su camino, incluyendo por supuesto a las bicicletas y sus acompañantes.

Me interesan los temas metafísicos, no lo niego, pero no creo que tengan más (o menos) consistencia que los sueños que nos asaltan por las noches.

Con todo, una de mis quimeras favoritas nace a partir de una deformación profesional; ese afán inconciente que tiene el sicólogo de toparse con sicóticos, el policía con ladrones, el cura con pecadores, los monógamos con tentaciones extramaritales, los ciclistas con agujeros negros. Yo, que me gano la vida escribiendo cosas inventadas, me topo con situaciones dramáticas, a veces tristes o graciosas, otras para correr de buena gana.

Ya me explico: hay ciertas circunstancias en que miro a mi alrededor y me parece que comienzo a ser víctima de la encrucijada escrita por un colega: es de noche y se sale la cadena de la catalina en el preciso momento que tengo que entregar un archivo importantísimo que fue imposible enviar por correo electrónico.

Y cuando me pongo arreglarla, un auto pasa lento, demasiado lento, por mi costado izquierdo, haciendo que un perro invisible estalle a ladrar a lo lejos. Parece que todo se confabula en dirección a un clímax que ya intuyo con un escalofrío.

Es como cuando un exceso de coincidencias nos despega de un relato, volviendo visible la armazón -el guión- que lo sustenta. Entonces me siento como un personaje ficticio en vísperas del tenso final del capítulo semanal.

Afortunadamente, mi bicicleta está ahí para ayudarme a escapar. No sólo físicamente -poniendo distancia entre nosotros y la emboscada- sino mentalmente, devolviéndome mi tranquilidad y mi confianza en que el universo no tiene más sentido que el que querramos darle aquí y ahora, según nuestro entender o nuestro capricho, si acaso hay diferencia.

Mientras pedaleo imagino, por ejemplo, que la creación de la bicicleta es el fin último del universo... O el espacio privilegiado donde los equilibrios corporales y mentales se complementan, una máquina para fabricar nirvanas... Quizás un útero para parir ángeles con ruedas en vez de alas... O más bien el mecanismo que hace girar la Tierra...

No importa el tamaño del desatino perpetrado, cual papel, la biciclieta aguanta todo, yo incluido. Y es que casi cualquier desvarío es mejor que la sensación horrible de ser un personaje escrito por otro, por un Borges supersecreto, un autor displicente que se alista a colocarme en una secuencia en la que soy diagnosticado de orate por un siquiatra encarnado por un actor de reparto, y todo para simple beneplácito de una teleaudiencia invisible pero dispuestísima a desintegrarme en unos instantes, con un enorme y remotísimo contr

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Pablo Vásquez para Sophimanía

sábado, 24 de abril de 2010

Ciclovía: Piratas en misión imposible


Los relojes y las bicicletas son primos hermanos. Ambos inventos están signados por el círculo: engranajes, ruedas, catalinas, piñones, ejes, tubos y hasta la vida del ciclista. La razón no es de capricho sino de estricta necesidad. Si no fueran circulares no podrían girar con tanta economía y eficiencia, ni marcar ciclos o cumplir revoluciones, vueltas y revueltas.

Por supuesto, cumplir ciclos es bastante más que girar, de la misma forma que conversar es más que dialogar o almorzar que alimentarse. Para cumplir un ciclo no basta regresar al punto de partida. Hay que tener la intención y el convencimiento de que en tal regreso está la clave para poder ir más allá.

Es por eso que cumplir algunos ciclos te toma media vida. Hoy, que supero la edad en que mis padres me trajeron al mundo, recuerdo mi niñez con otra claridad. Revivo mis recuerdos felices y muchos de ellos, recién colijo hoy, florecieron en circunstancias durísimas que mis padres supieron ocultarme.

Me encantaba, por ejemplo, ir con mi papá y con mi hermano, en el viejo Rambler familiar, ida y vuelta por la avenida Arequipa. Mientras mi padre manejaba el V8, mi hermano y yo cobrábamos a los pasajeros que recojíamos en las esquinas. En realidad, yo sólo ocupaba espacio (tenía cinco o seis y mis matemáticas servían para un carajo). Era el hecho fantástico de "salir a trabajar con mi papá".

Me fascinaba que el carro, muy largo y ancho, se llenara poco a poco de extraños, ¡como si fuera un colectivo de verdad! Sentía que los engañábamos, igual que en Misión Imposible. Me emocionaba que de pronto mi padre se preocupara por la presencia de un patrullero pues según escuchaba feliz, éramos "piratas", igualito que en los "Corsarios y filibusteros" que veía a diario por la tele.

En casa, mi madre cumplía también su cuota diaria de milagros y hoy no puedo recordar un sólo día en que haya sentido que me faltara algo, incluyendo mi triciclo verde de ruedas con rayos, premonición o causa de mi actual afición por las bicicletas. Ignoro de dónde se saca el coraje para llevar adelante una familia en circunstancias poco propicias. Tampoco sé por qué mis padres se tomaron el trabajo. Solo atino a estar agradecido.

El ciclo se va cerrando y tiende a repetirse, pero en otro punto del camino, más amable. Hacia atrás, la perspectiva valiosa de la historia compartida. Hacia adelante, el convencimiento de que, de alguna manera, formamos una buena familia, aunque para nada ejemplar: piratas en misión imposible.

Hoy cumplo otro de mis ciclos y regreso a la Arequipa montado en el extremo opuesto del Rambler: mi bicicleta. Aunque la sensación de ser un pirata no ha desaparecido, las amables lanchas-colectivos han sido reemplazadas por las combis velocirraptoras. No parece haber lugar para niños soñadores o ingenuos, pero sé que tienen que estar por ahí: ellos son el punto de partida y de retorno, el eje que tarde o temprano hace posible la espiral, el ciclo, la marcha, el avance.

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Pablo Vásquez para Sophimanía

viernes, 9 de abril de 2010

Post 1111 de Sophimanía: ¿Por qué creemos en cosas raras?

Por más sexy que se presente una mentira, seguirá siendo una mentira.
Foto: Rlv.zcache

Platón postuló que la gente yerra o delinque por ignorancia. En su visión, la verdad nos somete y los sabios están obligados a actuar racional y honestamente, como él mismo hacía. Pero la historia ha desmentido esa hermosa propuesta. La gente ignorante ciertamente se equivoca, pero la educada también yerra y delinque, exquisitamente incluso.

En su libro "¿Por qué creemos en cosas raras?" (editorial Alba) el fundador de la Skeptic Society y escéptico profesional Michael Shermer se hace la misma pregunta. En pleno siglo 21, con la aparente supremacía del método y el conocimiento científico y la diaria comprobación de su poder y su eficacia, la mayoría de personas sigue dándole algún crédito (y muchas veces botando su dinero) a la astrología, a la quiromancia, la numerología, a las lecturas de cartas, a los baños de florecimiento, a las historias de platillos voladores, al I Ching, al "destino" o el poder sanador de los buenos deseos, los mantras, el Feng Shui, la imposición de manos, o los "cristales", etc, etc.

El número 1111 por ejemplo (y sus variantes), que por "coincidencia" es el número de este post de Sophimanía, está rodeado de un sinfín de disparatas leyendas que lo toman como un "mensaje" de supuestos seres espirituales, o advertencias místicas, o como un punto de partida para un "viaje espiritual" o un portal a otras dimensiones u otros "estados de conciencia".

Uno de los miles de videos de YouTube con el tema de la "espiritualidad del 1111".
Video: Pastelmoon

No hay que ser especialmente inteligente ni culto para darse cuenta que tales afirmaciones (muy populares en la Internet) no tienen fundamento. Nuestra mente, por una simple cuestión de supervivencia, tras millones de años de evolución se ha hecho hábil para hallar y adjudicar sentidos y patrones en lo que nos rodea. Basta un parecido o una coincidencia (de espacio o de tiempo) para que nuestra poderosa mente se ponga a trabajar creando alguna conexión, real o imaginaria.

Esa capacidad, que nos ha permitido sobrevivir por miles de años y desarrollar una cultura donde la ciencia tiene hoy un rol fundamental, es también la que usamos para -sin importar nuestra formación, cultura o experiencia- autoengañarnos y ver "fantasmas" o platillos voladores o vírgenes en manchas de humedad o mensajes espirituales donde no hay más que hechos fortuitos e inconexos.

Imagen: Backstreetmerch

Los autoengaños son arenas movedizas que tragan mentes. Una vez que, por ejemplo, caemos en la trampa de "creer" que tras el 11:11 (o la leyenda que sea) puede existir "algo inexplicable", algo que nos puede advertir o traer un bien o un mal, nuestra mente crea un sesgo interpretativo que termina reafirmando el error inicial.

¿El resultado? Un círculo vicioso en el que sentimos que el 1111 (o el mito que fuera) nos va rodeando y proliferando cada vez más, atormentando nuestra conciencia a cada hora. En realidad lo que hace la mente es estar alerta para notar y recordar el 1111, olvidando todas aquellas veces en que nos topamos con otros números.

Un simple sesgo, como el que ocurría cuando jugábamos a contar Volkswagens en los paseos familiares de domingo, pero del que se valen charlatanes de todo calibre y entraña para robarnos nuestro tiempo y dinero vendiéndonos pócimas, "consejos", amuletos, "hechizos", libracos o cartas astrales.

Hace unos días en Huancayo el patrón al azar en la corteza de un árbol fue
interpretado por los humildes pobladores de la zona como la figura de la virgen
María, por lo que fueron a rendirle tributo y rezarle. Un autoengaño común,
pero poderoso, sobre todo cuando las autoridades religiosas no lo desmienten
con la debida firmeza. Imagen: Frecuencia Latina

¿Es importante autoengañarnos con ese tipo de creencias para tener la oportunidad de ser felices? Yo soy de los que creen que no. Prefiero un millón de veces el riesgo del desengaño que nos puede traer la verdad a la felicidad aparente del autoengaño complaciente. Y Sophimanía es una apuesta en ese sentido.

"La verdad", por supuesto, es una construcción social dinámica, no una relevación absoluta e inmutable. Pero los humanos hemos podido desarrollar -con un esfuerzo de siglos y al costo de muchas vidas- ciertas estrategias para acercarnos a ella de la manera más confiable posible.

Imagen: YouTube

Algunos lo llaman pensamiento crítico, otros escepticismo metodológico, otros método científico, pero es tan simple como hacerse el hábito de tomarse unos segundos para evaluar y poner en duda aquello que alguien nos propone como una certeza probable. ¿De verdad puede ser cierto que "fuerzas ocultas y místicas" estén llamando nuestra atención sobre los 1111 del mundo?

¿No es más simple -y por lo tanto mucho más probable- que se trate simplemente de una leyenda alimentada por el hecho evidente de que todos los relojes del mundo marcan una o dos veces al día las 11:11? ¿Que el 1 es en nuestra cultura un número importante? ¿Que nuestros cerebros están programados genéticamente para atender repeticiones simétricas como el 1111?

Algunos amigos me dicen que prefieren la complacencia y calidez del autoengaño a la "frialdad" de la ciencia y su falta de "misterio". Pero creo que se equivocan. Nada más frío y carente de significado que la mentira, por más esbelta y atractiva que se nos presente. Según lo siento yo, los conocimientos, desafíos, misterios y posibilidades que la ciencia trae a nuestras vidas son mucho más fascinantes y conmovedores que cualquier experiencia o creencia "mística".

¿Qué más "místico" y "trascendental" (y humilde y misterioso y emocionante y preciso) que sabernos rayos de luz solidificados momentánea y precariamente, con la capacidad fugaz -improbable pero real- de saber, sentir, compartir y conocer un cacho de la inmensidad de la que formamos parte? ¿Qué mayor desafío ético y moral que entender que -en ese instante que es nuestra vida frente a la inmensidad del tiempo cósmico- tenemos sin embargo la posibilidad de construir nuestro destino personal y como especie?

Pablo Vásquez para Sophimanía (publicado a las 12:12)

lunes, 8 de marzo de 2010

A propósito del Día Internacional de la Mujer


Imagen: Pablo Picasso

Los hombres estamos destinados a amar lo que en esencia no podemos entender: las mujeres. No en el plano caricaturesco tan común, bobo y superficial de "las mujeres están locas" y "los hombres somos simios" sino en un sentido mucho más ancestral, complejo y misterioso, donde lo doloroso y lo placentero conviven íntimamente, donde la ternura puede no ser tierna siempre y donde el te odio está tan cerca a un profundo y auténtico te amo.

Y no solo en el plano de las relaciones de pareja (tan estupidizadas hoy por los medios y los mitos comerciales), también (y acaso sobre todo) en las relaciones madres - hijos; padres - hijas; hermanos - hermanas; amigos - amigas.

Y aunque a mí me defina y me enorgullezca ser hombre y morir todos los días en el intento de sentirme a la altura de mis retos, debo reconocer que nada de eso tendría sentido fuera de un cauce definido por lo femenino, por la fertilidad (en sentido amplio), por el compañerismo, por el humor, por el sexo, por -en última instancia- una complementariedad que a la vez que nos seduce, nos angustia y nos impele a levantarnos por las mañanas y nos deja caer exaustos por las noches.

Aunque ser mujer sea un misterio del que por siempre seremos excluidos (o quizás por eso), nada hay en la vida de un hombre más importante que el universo femenino; y el que diga lo contrario todavía tiene pendiente la tarea de entender y asumir su propia naturaleza.

Y claro, en ese cauce femenino algunas mujeres resaltan en su capacidad de definir su universo entero. ¿Es una carga para ellas? Seguro que sí, pero alada. Y aunque "volar" sea tremendamente demandante en términos existenciales y físicos, también es cierto que es la satisfacción suprema, para la que vuela como para quien admira -encadenado a tierra por la testosterona- sus (r)evoluciones, unas claras, otras oscuras, pero todas señalando posibilidades, destinos, rumbos.

A esas mujeres agradezco especialmente darme la posibilidad de entender y sentir que ser hombre tiene sentido, a esas mujeres para nada perfectas, pero sí con esa capacidad mágica de crear la vida y sus posibilidades de bienestar y felicidad incluso donde no hay más que océanos de rocas o desiertos de granos de problemas; seres que pueden, con el fuego de sus palabras y la fuerza de sus actos; o con la simple delicadeza de una mirada, del olor de un cabello, de un gesto de la mano o del arco del pie, provocar revoluciones completas y complejas en el alma simple -pero cálida- de algunos hombres, ya sean hijos, maridos, amantes, enamorados, amigos o simples testigos afortunados del misterio de lo femenino.

¡Feliz día..! O mejor: ¡Feliz vida!

Pablo Vásquez para Sophimanía

sábado, 13 de febrero de 2010

Ciclovía: En busca de la bajada eterna



Fumar mariguana es un proceso que puede ser descrito por las palabras prendida, subida, estón, en algo, bajada y flashback.

Cada una de ellas describe una acción o sintomatología concretas. Bajada por ejemplo, es el final del ciclo. Luego del clímax (risueño o depresivo, de acuerdo al estado de ánimo del sujeto) la cannabis comienza a disminuir sus efectos.

Los esquemas de pensamiento racional, que durante la euforia se habían liberado de sus ataduras cotidianas, vuelven a dibujar los contornos de lo imaginario y de lo socialmente aceptable, induciendo al consumidor a un estado de melancolía culposa, conmúnmente verbalizada por el binomio: "tengo hambre".

El título de esta columna no alude a ese tipo de bajada.

Si la bicicleta la hubieran inventado en el siglo XV, Colón no habría tenido problema en demostrar que la Tierra no es plana. Basta tener más de cuarenta años y pedalear una vuelta por Lima para aprender que hay calles que están en bajada y calles que están en subida.

Uno aprende también que en la filosofía de dos ruedas los cambios sustentan las revoluciones y que manejar cara al viento es un placer que nada tiene que ver con lo experimentado en la niñez o la adolescencia -edades poco propicias para valorar el ocio- sino con eufemismos adultos absolutos como "libertad" y con traumatismos encélafo craneanos relativos al hecho que entre los automovilistas y los ciclistas existe una guerra no declarada por derechos de asfalto.

Pero más que un riesgo o un ejercicio físico, la bicicleta es un buen ejercicio mental. Al abrigo de una actividad que exige atención, coordinación y esfuerzo, las neuronas se liberan y entran en una especie de catarsis creativa en la que las ideas fluyen con facilidad. Mis mejores pecados se me han ocurrido en tales trances.

No todo es felicidad, por supuesto. Las subidas son una factura insoslayable. Cuesta arriba, uno va bajando los cambios a medida que los muslos se van tensando. Se avanza cada vez más despacio y se suda. En esos momentos el ciclista fantasea sobre la posibilidad improbable de que todas las calles del mundo sean en bajada, libres de autos y huecos.

Como la vida, pedalear se convierte en la búsqueda de una bajada eterna que no existe, pero que llega a puchos, cómplice de la dirección de alguna avenida. Entonces, mientras baja otra vez, el ciclista se reconcilia con el mundo y piensa que la vida vale la pena ser pedaleada. Pero tal pensamiento vale un comino. Cercano al éxtasis, ha dejado de pensar con ecuanimidad y ha sucumbido al placer de romper el viento con la cara.

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Pablo Vásquez para Sophimanía

sábado, 16 de enero de 2010

Ciclovía: Mis muertes favoritas


En el Perú más gente muere por accidentes de tránsito que por operaciones militares o policiales. Según las estadísticas, más peligroso es tomar una combi que participar en una acción antisubversiva en el VRAE.

La situación es peor para los ciclistas, que vamos por ahí sin latas ni bolsas de aire que nos protejan. No hay semana en que uno no se sienta en el peligro inminente de ser atropellado. No hay día en que un conductor no nos haga recordar que vivimos en una ciudad hostil y caótica.

Pero ir en bicicleta ofrece mejores alternativas que morir bajo las ruedas de un vehículo. Si usted está pensando en suicidarse, el biciclo le ofrece cuatro opciones bien originales.

Si desea una muerte a la moda, con repercusiones medio ambientales, vaya por una avenida transitada por microbuses. Como nuestras velocidades relativas son casi las mismas, hay tramos absurdos en que vamos a la zaga de sus escapes mortales, respirando monóxido de carbono.

Bastan cuatrocientos metros seguidos para morir envenenados por los gases, con la paradoja adicional de que a la vez estamos haciendo un ejercicio integral y "al aire libre".


Si por el contrario desea que su suicidio ponga de manifiesto la absurda precariedad de la condición humana, busque jardines con muritos enrejados. Máximo de veinte centímetros de alto. Como los muritos son albergue habitual de los ciclistas -nos permiten parar sin que sea necesario bajar del asiento- al detenerse haga que su pie resbale y pierda piso. Acto seguido, caiga lateral y suavemente sobre las puntas de la reja. Toda una estupidez.

Si usted es formal y está pensando en un clásico ahorcamiento, tampoco es preciso que se baje de la bicicleta. Busque un poste torcido, que esté curvando sus alambres sobre la calle. Basta que tome impulso y corte camino sobre la acera, para que el cable lo tome por el cuello y lo jale hacia arriba, dejando que el biciclo camine solitario unos metros más, libre e incompleto.

El último es para románticos: hay parques rodeados por barandas de cáñamo. Son maderas frágiles y huecas, que pronto se deterioran. A veces, un carrizo se libera e invade la pista, apuntando mortal hacia quienes usamos la parte derecha de la vía. Si no es evitada a tiempo, la caña puede fácilmente atravesarnos de lado a lado, entrando por el pecho, a la altura del corazón (no en vano las usan para hacer anticuchos) y salir por la espalda.

Es mi muerte favorita. Me recuerda las justas reales que describe Walter Scott, con una ventaja: Si el ciclista tiene suficiente coraje, puede resistirse a caer al suelo. Para morir dignamente es de vital importancia que se mantenga erguido sobre su máquina, sujetando con la mano derecha la lanza mortal que lo atraviesa y con la izquierda el manubrio del biciclo (un ciclista que se respeta puede perder la vida, no el equilibrio).

Poco a poco debe desangrarse, pero es imprescindible que muera antes de que llegue el fiscal de turno o peor aún los reporteros de la televisión.

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Pablo Vásquez para Sophimanía

sábado, 26 de diciembre de 2009

Christmas bike


Imagen: Swedenfreezer.com

Como siempre, una llamada de C me saca de mi cómoda ciclovía existencial para enganchar mi catalina con el movimiento de traslación planetaria: necesita una mano con un par de regalos navideños cuya naturaleza tecnológica cae bajo mi "expertise".

Aunque le digo que sí de inmediato, la perspectiva de salir en la camioneta a navegar en el tormentoso tránsito navideño me desalienta. Peor aún sería subir a un taxi, donde la cháchara boba del conductor -hoy con tema pascual ineludible- me caería tan bien como una patada en la entrepierna.

La elección obvia, inteligente y aeróbica es salir en la bicicleta. A desmedro de lo que semanalmente se consigna en esta columna, mi negra hace meses que se oxida en el jardín. Pero basta llevarla al grifo para que un poco de aire en sus neumas y un sol de aceite en la cadena la hagan -instantáneamente- florecer.



Imagen: Cyclochris.files

Bendita sea, hace camino al pedalear. No importa que Lima enloquezca de tránsito y transeúntes, en ella vuelo sobre los embotellamientos, los huecos y hasta algunos semáforos. En ocho minutos aterrizo en mi destino, sin haber contribuido al calentamiento global. En cuarenta la misión está cumplida y admirado veo cómo por lo menos un lustro ha desaparecido de mi reflejo en el espejo: así de bueno es pedalear.

Entusiasmado por mi reencuentro con la ciclovía y la ciclovida, a las once y media de la noche salgo a dar algunas vueltas al Golf de San Isidro. Conozco bien esa ruta, desde que faltaba al colegio para ir a buscar pelotas perdidas en los arbustos hasta hoy, que la gente espera las doce para celebrar otra navidad.

Al contrario de otras noches por las avenidas sólo hay taxis; ni caminantes ni joggers. Sobre los edificios, las cortinas -que normalmente cubren pudorosamente la fortuna material de sus propietarios- hoy lucen abiertas y dejan ver habitaciones llenas de danzarinas luces navideñas fabricadas en China por gente tan atea como yo.

Siluetas de mujeres esbeltas y de hombres rechonchos intercambian regalos y bebidas mientras que las manecillas de los relojes se sobreponen a las doce. Un increscendo de estallidos subraya lo particular de la fecha al tiempo que -desde las sombras- un anónimo huachimán me sorprende al gritarme: "¡Feliz navidad!"

Imposible cosechar otro deseo tan espontáneo y desinteresado, al que solo atino responder levantando una mano entumecida mientras me zambullo en la oscuridad de una curva. Me duelen los muslos, los nudillos y las pantorrillas, la respiración es honda y mi corazón golpea con una fuerza que creía perdida. Ese es mi inesperado regalo de navidad: volver a la ruta de la que nunca debí haber salido. Gracias C.

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Pablo Vásquez para Sophimanía

sábado, 28 de noviembre de 2009

Ciclovía: Caer (en la tentación)

Imagen: Allhailtheblackmarket

El alma existe. Es lo que te rompes cuando te caes de la bicicleta. El dolor del cuerpo redime -apenas- la culpa de una caída ridícula. Y todas los son.

La lengua y la religión, con la inflexible autoridad de sus historias milenarias, establecieron claramente la relación entre alma, caer, culpa y dolor.

Gracias a dios, la invención de la bicicleta nos ha liberado de ese círculo vicioso. Hoy, expresiones como "golpearse de alma", "caer y levantarse", "culpa y dolor" pueden aplicarse, indistintamente, a elucubraciones teológicas o ciclísticas.

Afición física y metafísica, la bicicleta disuelve, por fin, la simplona dualidad "alma-cuerpo" reintegrándonos a la naturaleza primitiva y unitaria que nos parió. Sobre el sillín, un sólo lenguaje nos basta para comprender el mundo y un sólo ejercicio -doloroso y placentero- nos ocupa las entrañas. La vida sigue sin tener sentido, pero importa un rábano.

Por supuesto, tanto placer tiene su precio. La cuenta se presenta sorpresivamente y se cancela en incómodas caídas eventuales. Los ciclistas viejos hemos llegado a entender que pagar esa cuenta, como pecar, es parte del camino. Lo es también ser atropellado, quedarse sin frenos o que se te baje una llanta. La cosa no es evitarlo sino sobrevivirlo.

Imagen: Citypages

Los ciclistas novatos en cambio, confunden habilidad con sabiduría. Piensan, en su ingenuidad, que nunca probarán el asfalto. Al salir airosos de sus primeras piruetas concluyen: sólo se caen los idiotas. Y es verdad. El problema está en que todos somos, tarde o temprano, idiotas.

Por eso la primera caída es tan importante. No cuenta lo leve que pueda ser, queda grabada en nuestra cabeza (amen del chichón) como un símbolo que marca el inicio de una nueva etapa. Igual que Adán y Eva, el ciclista y su bicicleta son expulsados (de golpe) del reino de la inocencia.

Sucede en un segundo, pero da tiempo para tener extensos pensamientos: "Me está pasando a mí, me estoy cayendo...", "voy a llegar tarde", "allá van mis anteojos", "¿qué están mirando?". No se ve toda la vida pasar ante nuestros ojos. Apenas dos o tres años. El resto son los golpes, la rabia, la culpa. El propósito de enmienda y, de corazón, el dolor.

La destreza, cómo no, nos llega a librar de buenos porrazos. Pero es insuficiente. En ocasiones, sin explicación alguna, aquella curva que tomamos cuatro veces al día se nos enreda en la llanta y perdemos el equilibrio.

Uno aprende a caer con naturalidad, por supuesto. Hasta se consigue fingir cierta dignidad displicente. La bronca va por dentro.

Con los años, la posibilidad de caer nos hace disfrutar mejor la travesía. Lejos de disuadirnos, nos invita a maniobras más arriesgadas, sólo por el placer morboso de presentirla. Como el mito del infierno, deja de asustarnos para convertirse en una tentación. Sobre todo después de que comenzamos a sospechar el insípido aburrimiento que debe existir en el cielo.

domingo, 18 de octubre de 2009

Ciclovía: Cuestión de equilibrio (ecológico) / A propósito del 24/10


A primera vista, parece que las bicicletas y los automóviles tuvieran algo que ver. Pero un análisis cuidadoso revela pronto el error. La relación entre velocípedos y vehículos motorizados es aún menos estrecha que la que existe entre los cuadrúpedos y los bípedos biológicos.

Su supuesto parentesco se basa en cierta similitud de partes y funciones; pero para el ciclista son bien claras las diferencias de naturaleza. Mientras que los autos se sostienen sólidamente sobre sus cuatro ruedas y se mueven impulsados por contaminantes motores de combustión, la bicicleta es hija de otro prodigio absolutamente más sencillo y saludable: el equilibrio.

Equilibrio, define el diccionario, «es el estado de un cuerpo cuando actúan sobre él fuerzas iguales y de sentido opuesto». Sin duda, los autos tienen sus propios equilibrios, pero ninguno tan sutil como el que sustenta a las bicicletas.

No está lejano el día en que los vehículos de combustión desaparezcan o se emancipen manejados por sus propias computadoras. Pero, ¿podrá un robot manejar un biciclo? ¿Podrá un intrincado sistema de giroscopios ir guardando el equilibrio mientras toma una curva rápida, a costa de quebrar el timón y poner la bicicleta en ángulo de 45 grados?

Pero el equilibrio no es patrimonio de los ciclistas. Hay quienes lo usan desde hace millones de años: los pájaros. Sólo al volar, la magia del equilibrio es más bella.


Con las alas extendidas las aves remontan vuelo y se suspenden en el aire, pero no por mucho tiempo: hay que agitar las alas, entregarse al fenómeno con confianza y esfuerzo. El aire no es ingrato y responde revelando secretos que el ave domina y reconoce retozando con piruetas.

Igual es para el ciclista. Es conductor, motor, contrapeso y pasajero. Su aire es su máquina. Tomado el impulso suficiente es posible dejar de aletear y dejarse llevar por la corriente de una bajada y aprovechar la inercia para subir nuevamente.

En vuelo rasante, uno siente que está libre de los rigores del suelo, de los embotellamientos de tránsito, de los huecos, de los pasos estrechos. Es una ilusión, claro, pero se sostiene mientras nuestros pies no toquen el suelo.

¿Los motociclistas? Bueno, son como el eslabón perdido. Una desgraciada mutación que nos recuerda que la naturaleza también se equivoca. La mayoría de motos son autos de dos ruedas, para trasladarse o hacer cobranzas. Otras son aviones-caza, propicias para el ruido y la muerte violenta.

Las motos no vuelan, cortan el aire. No mantienen el equilibrio, lo secuestran. Sus pilotos, militares al fin, no comprenden las ilusiones de libertad. Se someten, felices, a la dictadura del vértigo, de la combustión, de la fuerza. Subalternos del tacómetro y del velocímetro, jamás entenderán el embrujo del dolor, del camino, del delirio.

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Artículo de Pablo Vásquez para Sophimanía

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Ciclovía: La guerra de las 21 pulgadas (a propósito del Día mundial sin autos)



Hubo un tiempo en que los ciclistas dominamos la tierra. Manadas de bípedos poblábamos los caminos y uníamos puntos distantes a 13 kilómetros por hora, promedio. No era poco. Esa velocidad contribuyó, en la Europa de comienzos del siglo 20, a espolear el intercambio social, intelectual y sentimental de los pueblos.

Sin contaminar, sin hacer ruido, sin detritos de mulas, yeguas o caballos, el biciclo cooperó también a evitar infartos, a estimular los sistemas cardiovasculares, a fomentar el amor a la vera del camino.

Pero la revolución industrial que creó la bicicleta produjo también a su depredador: un cuadrúpedo inmenso de lata, acero, fierro y madera: el auto. Voraz, se adueñó de los caminos, hizo trizas las marcas de velocidad de los ciclistas y se autoproclamó soberano de las vías civilizadas.

Los ciclistas, como los mamíferos del jurásico, quedamos relegados a los suburbios. A las vías secundarias, a las cuevas, a las entrañas mismas de esas enormes máquinas.

Hoy, más de un siglo después, los autos están en vías de extinción. Casi han acabado con las reservas de hidrocarburos del planeta, herencia que les dejaran sus antepasados, los dinosaurios. Sus emisiones mortales siguen calentando la atmósfera y haciendo improbable la existencia de la vida basada en el carbono.

Aprovechando la situación, los ciclistas hemos comenzado la reconquista de los caminos. También hemos mutado y aprendido de los autos. Nuevos materiales, diseños y accesorios han convertido a la bicicleta en un vehículo aún más eficiente y rápido.

Por ahora, el reino que peleamos es un estrecho margen de 21 pulgadas, ubicado al extremo derecho de cada calle y avenida. No necesitamos más; pero es imposible que nos conformemos con menos. Es un reino frágil, sin embargo, pues nadie que no se transporte en dos ruedas parece estar dispuesto a respetarlo.

Por nuestras 21 pulgadas atraviesan sin permiso los pasajeros del transporte público; los peatones distraídos; se detienen de improviso los autos. Se aparcan. Meten sus trompas en los cruces. Esperan su combi -o su taxi- los cretinos.

Hay que educarlos todos los días. Tocarles el timbre en las orejas, cegarlos con las luces, obligarlos a subir a la vereda a costa de rozarles el pellejo con el manubrio. A los choferes hay que gritarles fuertes ¡eas!, patearles las latas de sus autos, insultarlos a los ojos.

Es una guerra desigual, injusta y difícil, pero poco a poco la vamos ganando. Nuestros mártires son anónimos y mueren bajo las ruedas, atropellados, con las espaldas rotas o las cabezas abiertas.

Los sobrevivientes, como los cruzados del siglo undécimo, día a día vamos a la conquista de los lugares santos que los autos nos arrebataron hace un siglo. No nos impulsa la venganza ni las creencias religiosas, pero nuestra pacífica insolencia seguramente es bien vista a los ojos de dios.

Pablo Vásquez para Sophimanía

¿Qué es Sophimanía?

Divulgación Científica:
Impulsamos el conocimiento de temas que por coyunturas políticas, pasan a 2do plano. Creemos que solo nuestro instinto por saber, conocer, explorar, cuestionar, construir, ha permitido que nuestra especie ocupe este espacio-tiempo, y por lo que quizás permanezca.

Pensamiento Crítico:
Ver el mundo con ojos nuevos. Rebelarse contra la información estandarizada. No dejarse doblegar por el sistema, la educación pasteurizada o el circuito estético consumista imperante. Ser libre, o lo más libre posible, empezando por tu mente y tu cerebro.

Un blog de Claudia Cisneros