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lunes, 8 de febrero de 2010

El cerebro no distingue entre dolor físico y emocional

Foto: Geisa Crunivel

Importa más el impacto de los sentimientos abstractos que los físicos y concretos de la sed o el hambre. Los dolores causados por motivos sociales –como un desamor– o los placeres de igual naturaleza –como aprobar una oposición– activan idénticos circuitos cerebrales que los estímulos fisiológicos, básicos para sobrevivir, como la práctica del sexo.

Se está confirmando, pues, una sospecha que teníamos muy pocos en el sentido de que el cerebro trata con la misma deferencia o indiferencia, según se mire, experiencias sociales y abstractas como una falta de reconocimiento social y conductas físicas tan concretas como saciar el hambre o morir de sed.

Lo que está sugiriendo la ciencia, ni más ni menos, es que el mundo de los sentimientos y la historia del pensamiento inciden en el corazón de la gente en no menor medida que una hambruna o el calentamiento global. ¿Entonces por qué nos ocupamos menos de los primeros que de los segundos?

Y, si eso es cierto –y ya no puede negarse que forma parte del pequeño y modesto acervo científico–, deberían matizarse muchas de nuestras convicciones o, cuando menos, alterar lo que yo llamo nuestra “estrategia de compromisos”. No es seguro, por ejemplo, que nuestra supervivencia dependa en mayor medida del famoso cambio climático que de nuestro reconocimiento individual por el resto de la sociedad; de saber, en definitiva, si me odian o me aman.

Es mucho menos probable de lo que se creía hasta ahora que nuestras necesidades fisiológicas revistan un grado de urgencia mayor que nuestros sentimientos. A ver si ahora resulta que dar dinero para combatir el sida o la malaria activa el llamado “circuito cerebral de recompensa” en mayor medida que recibir la misma cantidad de dinero para colmar necesidades personales. (Confidencialmente, les confieso a mis queridos lectores que también esto ha sido comprobado en experimentos apoyados en resonancias magnéticas funcionales, aunque recomendaría no divulgarlo todavía para no soliviantar excesivamente a los incrédulos y psicópatas a quienes cuesta admitir o sentir el dolor ajeno.)

El misterio no desvelado todavía es por qué el cerebro trata igual la necesidad afectiva que la física. Todo el mundo entiende que la falta de alimentos y de agua o las temperaturas extremas causan dolor. Pero ¿por qué utiliza el cerebro el mismo sistema neurológico para abordar privaciones y recompensas físicas que privaciones y recompensas morales?

Un equipo de científicos liderado por H. Takahashi de la Universidad de California, en Los Ángeles, sugiere que existen razones evolutivas de supervivencia de la especie que explicarían dicho comportamiento. En los mamíferos –y muy particularmente en los humanos– es muy elevada la dependencia de los recién nacidos, que llegan al mundo desprovistos de los mecanismos necesarios para sobrevivir por su cuenta.

El precio pagado por disfrutar de una inteligencia mayor que el resto de los mamíferos cuando se es adulto implica dedicar los siete primeros años de la vida al aprendizaje y a formar la imaginación, en régimen de todo cubierto, por supuesto, incluidos los gastos sanitarios.

Sin la dedicación de un cuidado específico, que sólo puede dimanar de sentimientos y afectos sociales, ningún recién nacido podría sobrevivir. En este sentido, los sentimientos sociales preceden la cobertura de las necesidades físicas y concretas, como dar de comer, calmar la sed o proporcionar la temperatura adecuada.

Es muy discutible que sin esos sentimientos sociales pudiera darse luego la compensación física necesaria para sobrevivir. El cerebro acierta en dar a los primeros la misma prioridad que a la segunda. Esta vez, la evolución optó por la alternativa adecuada. Ahora, sólo hace falta que todos nosotros nos comportemos de igual manera. Por lo menos, durante 2010.

Artículo de Eduard Punset para eduardpunset.es

lunes, 31 de agosto de 2009

¿Qué nos hace sicópatas?


El mundo es un lugar distinto para los sicópatas. Foto: Internet

La mayoría de sicópatas con los que lidiamos son los personajes que aparecen en el cine y la televisión, pero... ¿Qué hay de cierto en todo eso? Los investigadores están tratando de llegar a las raíces del desorden neurológico detrás de la sicopatía y tratar de evitar que este tipo de comportamientos se manifiesten.

Pero no es un trabajo fácil. En realidad, no hay "investigación fácil" en cuanto al cerebro humano se refiere, y menos cuando lo que tratamos de estudiar es un cuadro específico y menos frecuente llamado "sicopatía".

Según algunas estimaciones serían sicópatas una de cada cien personas y 25 de cada cien presos o delincuentes. Son tres veces más propensos a usar la violencia que otros delincuentes y dos y media veces más dispuestos a cometer actos "antisociales" explica Joseph Newman, uno de los investigadores.

Caras vemos, cerebros no sabemos. Uno de cada cien sería un sicópata.
¿A cuántos conoces tu? Imagen: Internet

Los siquiatras describen a los sicópatas con estos comportamientos: no tienen empatía. Es decir no tienen capacidad de ponerse "en la posición del otro". En consecuencia no sienten culpa, ni responsabilidad, ni remordimientos por sus actos.

Así cometan actos violentos u horribles, estos no los hacen "sentir" intensamente. Son impulsivos, tienen problemas para posponer o controlar acciones que les bridan satisfacción. Socialmente tienen encanto y se expresan bien, pero son superficiales y creen que son el centro del universo.

Newman aclara: "Hay mucha gente impulsiva que responde emocionalmente a ciertas circunstancias y que son tildados de "sicópatas", pero no lo son. Un verdadero sicópata mantiene siempre la frialdad emocional".

Hannibal Lecter, el más famoso sicópata de la ficción. Foto: Orion films

Luego de escanear la actividad de muchos cerebros, los investigadores tienen varias áreas candidatas a ser el origen de la sicopatía. La amígdala, por ejemplo, que es una zona donde se genera el miedo, es menos activa en los sicópatas.

El miedo nos hace evitar comportamientos socialmente mal vistos o reprobables recuerda Newman, pero los sicópatas no tienen esta restricción. Ellos sienten que pueden hacer todo lo que se les antoje.

Otra área cerebral candidata a originar acciones sicópatas es la corteza frontal y las regiones orbitales. Cuando estas zonas están dañadas, se empobrece la calidad de nuestras decisiones, cuadro que es consistente con los sicópatas estudiados.

El neurólogo Kent Kiehl de la Universidad de Nuevo México sugiere que la sicopatía está arraigada en el sistema paralímbico, que incluye la amígdala y las corteza frontal con otras áreas relacionadas a las emociones, las inhibiciones y la capacidad de atención.

Pero aunque las áreas ligadas a las emociones y sensaciones reciban mucha atención por parte de los investigadores, no hay que descuidar otras que podrían estar relacionadas con las sicopatías, como las regiones que procesan el lenguaje.

"Parece ser -dice Newman- que los sicópatas tienen necesidad de verbalizar sus ideas abstractas y sus emociones".

El estudio de gemelos sicópatas sugiere que hay un componente genético en la aparición de este cuadro, pero no se tiene claro todavía la importancia que tiene el medio ambiente para que esta condición se haga patente o se mantenga latente.

"El que uno tenga una predisposición genética no significa que esté condenado a convertirse en un sicópata" aclara Newman. Pero descubrir la predisposición sí puede ayudar a prevenir la aparición de este cuadro sicológico.

Información de LiveScience. Versión, edición y traducción de Sophimanía

¿Qué es Sophimanía?

Divulgación Científica:
Impulsamos el conocimiento de temas que por coyunturas políticas, pasan a 2do plano. Creemos que solo nuestro instinto por saber, conocer, explorar, cuestionar, construir, ha permitido que nuestra especie ocupe este espacio-tiempo, y por lo que quizás permanezca.

Pensamiento Crítico:
Ver el mundo con ojos nuevos. Rebelarse contra la información estandarizada. No dejarse doblegar por el sistema, la educación pasteurizada o el circuito estético consumista imperante. Ser libre, o lo más libre posible, empezando por tu mente y tu cerebro.

Un blog de Claudia Cisneros